Cada mañana tepalcatl
se levantaba temprano para ir a su taller. Era ya entrada en años pero nadie sabía
su edad. Se decía que llevaba muchos
años en ese mismo lugar dedicándose a lo mismo y que por ella no pasaban ni el
tiempo ni la enfermedad. Aun así todo el mundo sentía por ella una gran
admiración y respeto.
Su oficio era ya
milenario había contado muchas veces que
su madre se lo había enseñado, y a su madre
su abuela y así había sido hasta el presente, todo se remontaba a una
gran tradición familiar que no se había roto nunca, hasta llegar a ella, pero
se sentía muchas veces triste porque no se lo podría enseñar a nadie.
Tepalcatl por
opción propia nunca se había casado, siempre se había dedicado a trabajar el
barro, cada creación era como engendrar
un hijo al que daba vida.
De pequeña le
gustaba escuchar las historias que le contaba la abuela, mientras manipulaba el
barro, de hecho su nombre significaba barro por eso ella sentía que había una
gran conexión entre ella y el barro venían del mismo lugar según las historias
de la abuela, cuanto le gustaba recordar ese tiempo, del que sabía que lo había
aprendido todo.
Le sorprendía que
todos admirasen su trabajo, pero que nadie sintiese el deseo de dedicarse a ser
alfarera. Veía como se paraban delante de ella y se quedaban ensimismados
contemplando como de un tosco trozo de
barro salía una bonita vasija o cualquier otra creación.
Todos se quedaban
como hechizados viendo como trabajaba el barro, con que delicadeza lo tomaba en
sus manos parecía que entre las manos y el barro hubiese un lenguaje mágico una
comunicación que solo tepalcatl podía entenderlo era como estar en manos del
creador imaginando y soñando esa gran obra maestra.
Ella solía
decirles que el barro estaba habitado por el espíritu de la madre tierra, no la entendían cuando la escuchaban, se
miraban y daban a entender que se estaba haciendo mayor, pero nunca nadie se
atrevía a decir nada por el gran respeto que le tenían.
Una mañana cuando
se dirigía a su taller se encontró con una joven mal herida, como pudo la cargo
y la llevó a su taller, allí le curó las heridas y le daba caldos calientes
para alimentarla. La joven desde que la recogió no había pronunciado una sola palabra. Tepalcatl no tenía
la menor intención de hacerle hablar y mucho menos que le contase, cuál era la
causa de su lamentable estado.
Durante tres o
cuatro días no varió la situación, la joven seguía recuperándose en silencio y Tepalcatl
trabajando su barro, con el que mantenía grandes charlas desde el silencio
hacedor.
La joven observaba
como la alfarera trabajaba y daba vida a un trozo de barro, del que
aparentemente no podía salir nada. Pero este se transformaba y de él nacían
vasijas de mil formas todas distintas.
Tepalcatl se daba
cuenta de cómo la observaba y le agradaba ya que veía en su mirada un brillo
que nunca había visto en nadie, tan solo en su abuela y su madre cuando con
ternura acariciaban el barro y entraban en diálogo con él.
Una mañana cuando
llego al taller se encontró que había
vasijas nuevas, y la joven estaba trabajando el barro, Tepalcatl
la contemplaba en silencio, y para sus
adentros se decía, si se quedase le enseñaría el oficio como si fuese mi hija y
ella se lo enseñaría a los suyos y este oficio no se perdería. Veía algo especial en esta joven un tanto
misteriosa.
Después de un rato
observándola le dijo, ¿quieres que te
enseñe?, ella se sobresaltó pensaba que estaba sola, con el barro perdía la
noción del tiempo. Se disculpó por hacer huso de algo que no era suyo, y le dio
las gracias por el trato que había recibido y en especial por no hacerle
preguntas.
Tepalcatl
le volvió a preguntar ¿quieres que te enseñe?, he visto cómo te comunicabas con
el barro y pocos consiguen hacerlo, pero tú tienes ese don.
La joven le respondió lo he aprendido estos días
observándote a ti. Cada vez que agarrabas el barro era como si a mí me tomases
en tus manos y curases todas mis heridas, he descubierto que no soy tan
distinta del barro. Tepalcatl se emocionó, sus ojos se empañaron
de lágrimas que querían ser libres pero las contuvo con mucho esfuerzo, y le explico
que el barro es muy parecido a la persona, que al igual que ella, va pasando
por etapas para llegar a ser modelado, por eso la importancia del diálogo. El
barro está lleno del espíritu de la madre tierra donde se encierran misterios
de cada ser que ya no están, pero que dejaron parte de su historia en ella.
El barro contiene
el espíritu de muchas personas que han pasado por la vida, por eso de él nacen
nuevas vidas, con formas que por mucho que se quiera no se repetirán, cada
creación es única.
La Joven se quedó
pensando en la que Tepalcatl le había
dicho, ella también, algún día habitaría el barro y este recrearía algo
distinto. Se preguntaba cómo será mi espíritu en el barro ¿qué forma tendría?
Sería una creación
original, o más bien sería una creación común, podría ser para formar parte de
la decoración de algún lugar, o con una utilidad.
Sin darse cuenta
había entrado en una comunicación profunda con el barro, ella le preguntaba él
le respondía. Se paró en su vida, en lo que hacía, en lo que quería hacer, en
la que había sido. Sin entender sintió una gran fuerza incontrolada que le
empujaba a ser una nueva creación, a comenzar de nuevo a ser modelada como el
barro. Sin pensárselo le dijo a Tepalcatl enséñame a trabajar el barro, quiero
conocer todos sus secretos llegar a tener una comunicación profundo con su
origen para ir descubriendo el mío. Y así fue como descubrí el lenguaje del
barro que en el fondo es el de la humanidad ya que de la madre tierra salimos y
a ella nos entregamos en un sueño profundo. Desde entonces mi vida se va
amasando como el barro, se van curando grietas, y dando forma a nuevas
situaciones. Nos tienen que enseñar y ayudar a descubrir que nos podemos llegar
a comunicar con lo más profundo de nosotras mismas que es nuestro barro,
nuestro origen y esencia.
Tere García